Ese día por la mañana Ana María me había llamado "repugnante", cuyos sinónimos eran: desagradable, asqueroso, repulsivo, hediondo, infecto, nauseabundo, inmundo, pútrido, mugriento.
Yo era esas nueve palabras y más.
La primera me describía.
La segunda era mía.
La tercera me agradaba.
La cuarta me recordaba a los domingos.
La quinta me era indiferente.
La sexta era como Ana María.
La septima me fascinaba.
La octava era como un limón.
La novena seguía siendo yo.
Había pedido uno doble y el cantinero incompetente desconocía el significado de la palabra "generosidad". Oye amigo, ¿podrías servirme un poco más? Yo todavía recordaba mis modales, esos que te enseñan los padres. Esa es la medida, contestó. Puedes meterte ésta medida y dos más por tu asqueroso culo, le dije por fin olvidando lo que verdaderamente jamás aprendí.
Y salí de ahí, sintiéndome dueña de la repugnancia.


